Desde las montañas de Pueblo Rico, en Risaralda, nace La Palma, un café excepcional cultivado en la finca del mismo nombre por Yeimy Loaiza. Allí, entre los 1.570 y 1.850 metros de altitud, la variedad Gesha alcanza su máxima expresión gracias a un microclima único que ralentiza la maduración y concentra los azúcares del fruto.
El trabajo en La Palma combina precisión y respeto por el entorno. Las cerezas se recolectan de forma manual y selectiva, se higienizan con agua filtrada y luz ultravioleta, y pasan por una doble clasificación antes de ser despulpadas mediante un proceso Honey, que conserva parte del mucílago y potencia su dulzura natural. El secado se realiza en dos fases: primero durante veinte días sobre camas africanas, y después mediante un controlado secado mecánico que asegura consistencia y estabilidad en el grano.
Más allá del proceso, La Palma es también la historia de una visión. Lo que comenzó como un proyecto ganadero en 2015 se transformó en una finca cafetera referente en su región, involucrando a familias locales e indígenas y apostando por un modelo sostenible y de calidad. Cada cosecha es el resultado de esa unión entre técnica y comunidad, de una forma de trabajar que busca dejar huella positiva en la tierra y en las personas que la cultivan.
En taza, La Palma despliega todo el encanto de la variedad Gesha: acidez brillante, cuerpo sedoso y notas florales y cítricas que evocan el jazmín y el azahar. Un café elegante y luminoso que resume el alma de Risaralda y la pasión de quienes lo hacen posible.
Volvemos a trabajar con Don Pastor. Si probaste su café el año pasado, ya sabes por dónde van los tiros. Esta vez, sin embargo, llega con un perfil distinto: nueva variedad, nueva expresión de su finca, misma forma de hacer las cosas.
Don Pastor es un productor de café de tercera generación en San Agustín, Huila, cuya historia se remonta a los inicios del cultivo de café en la región. Desde los 18 años ha dedicado su vida a la caficultura, estableciéndose como un productor respetado. Su finca comenzó con 4,000 árboles de Caturra, tras años de aprendizaje junto a sus padres, quienes cultivaban Typica y Caturra, variedades comunes en la zona en aquel entonces.
Con nostalgia, recuerda una época en la que producir café era más sencillo, cuando las enfermedades no representaban una amenaza y los suelos eran más fértiles sin necesidad de tantos fertilizantes. Antes, bastaba con una aplicación al año; hoy en día, son necesarias hasta cuatro, junto con otros productos para controlar enfermedades. A pesar de estos desafíos, Don Pastor ha sido un pilar en el desarrollo del café de especialidad en su comunidad.
Fue miembro fundador de la Asociación Los Naranjos, un grupo de pequeños productores que, desde el año 2000, han trabajado para acceder a mejores mercados. Gracias a esta iniciativa, la asociación ha crecido hasta reunir a 90 caficultores que han logrado precios más estables para su café. Aun así, no fue hasta 2018 cuando Don Pastor logró vender su café como un microlote, ya que hasta entonces se comercializaba como parte de blends regionales.
Cada cereza se cosecha en su punto óptimo de maduración y se deja reposar en bolsas selladas durante 8 horas. Luego, se coloca en la tolva por 12 horas adicionales antes de pasar por el despulpador. Una vez despulpado, el café se somete a una fermentación en seco durante 36 horas. Posteriormente, se lava de 3 a 5 veces para asegurar su limpieza y se traslada directamente a camas elevadas, donde el secado se extiende entre 18 días y un mes, dependiendo de la exposición al sol. Para controlar la velocidad de secado, se utiliza un techo corredizo que proporciona sombra cuando el sol es demasiado intenso.
Hoy, su objetivo es consolidar su reconocimiento internacional como productor de cafés de alta calidad y establecer relaciones directas y duraderas con importadores y tostadores. Con este propósito, busca dejar atrás la venta de su café en lotes mezclados y posicionarse como un referente del café de especialidad en San Agustín.
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Este café viene desde la meseta del Cauca, Colombia, una región conocida por dar cafés brillantes, dulces y con una acidez jugosa que nunca falla. Allí, entre 1.800 y 2.050 metros de altitud, pequeños productores cultivan variedades como Castillo, Caturra y Colombia, que terminan uniéndose en este blend regional.
El resultado es un café equilibrado y versátil, pensado tanto para filtro como para espresso. En taza encontrarás dulzor a chocolate negro y avellana, un punto frutal que recuerda a naranja confitada, y esa sensación limpia y amable típica de los lavados colombianos.
Un clásico que siempre apetece, perfecto para disfrutarlo tanto solo como con leche.